Rebels d'arrel
Son casi las siete de la tarde. Llevamos todo el día recorriendo la ciudad y ya es hora de volver a casa. Estamos cansados, pero antes aún tenemos que deshacer el trayecto que hicimos por la mañana.
Subimos al ascensor de la Torre de Sant Sebastià, en la Barceloneta, con la misma ilusión de quien se monta en una atracción del Tibidabo. Cuando llegamos arriba, el conductor del Teleférico del Puerto nos hace un gesto para que nos demos prisa:
—¡Corred, corred, que sois los últimos!
Seguramente el buen hombre tiene ganas de terminar la jornada.
Las puertas se cierran y, durante unos segundos, solo existen las vistas. Qué vistas. Barcelona es maravillosa desde el aire, especialmente a esta hora de la tarde, cuando el sol de primavera empieza a caer y los claroscuros de las fachadas dibujan una ciudad de dorados y sombras con una delicadeza casi mágica.
Justo cuando el trayecto está a punto de comenzar, el trabajador se fija en la camiseta de Aleix y suelta un comentario que rompe la belleza del instante:
—Lo de los últimos no lo decía por la camiseta, ¿eh?
Seguramente a él le ha hecho gracia. Quizá ni siquiera lo ha dicho con mala intención. Pero es el tipo de comentario que hemos oído tantas veces que ya forma parte del paisaje. Una de esas bromas que se repiten día tras día y que, sin darse cuenta, nos recuerdan que somos diferentes.
Y, ¿sabéis qué? Tienen razón.
Cada comentario, cada intento de menospreciarnos, no hace más que reforzar lo que somos. Nos recuerda que pertenecemos a una manera de entender el fútbol y la vida que huye de los caminos preestablecidos. Que somos una familia rebelde que resiste unida, generación tras generación, fiel y orgullosa de sus colores.
El teleférico avanza suavemente por encima del puerto. Aleix no para de moverse de un lado a otro de la cabina y Vera encadena pregunta tras pregunta, fascinada por todo lo que ve bajo sus pies.
Yo miro por la ventana y sonrío.
Porque me doy cuenta de que todavía quedan cosas auténticas en Barcelona. Cosas que han resistido el paso del tiempo sin perder su esencia.
Como el Teleférico del Puerto.
Y como nosotros.
La gente del Espanyol.
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