Diario por América (1926-2026)
Capítulo 2. La vida a bordo del Principessa Mafalda
10 de junio de 1926 - Océano Atlántico
Ha pasado apenas una semana desde que el RCD Espanyol dejó atrás el puerto de Barcelona, pero la expedición ya vive inmersa en una realidad completamente distinta. El vasto Océano Atlántico se extiende hasta donde alcanza la vista y el Principessa Mafalda se ha convertido en el hogar provisional de una plantilla que afronta una larguísima travesía de más de 5.500 millas náuticas (aproximadamente unos 10.000 kilómetros).
El transatlántico italiano, apodado el Titanic italiano, era considerado uno de los grandes buques de pasajeros de su época y cubría habitualmente la ruta entre Génova y Buenos Aires. Con más de nueve mil toneladas de desplazamiento y unas instalaciones que lo convertían en un auténtico hotel flotante, viajaban a bordo emigrantes, comerciantes y familias enteras. Entre ellos, figuraba un joven Vittorio De Sica, futuro referente del cine italiano y director de clásicos como 'Ladrón de bicicletas' o 'Umberto D'.
Para los futbolistas espanyolistas la travesía suponía todo un reto, ya que durante más de dos semanas debían mantener la forma física lejos de los terrenos de juego. En Sudamérica les esperaban algunos de los mejores equipos del mundo, especialmente en Argentina y Uruguay, donde el fútbol vivía una auténtica edad de oro.
El entrenador blanquiazul, Paco Bru, era consciente de la importancia de llegar a Sudamérica en óptimas condiciones, y adaptó los entrenamientos a las limitaciones del barco y los jugadores aprovechaban cualquier espacio disponible para mantenerse activos, ante la mirada curiosa de los pasajeros.
Sin embargo, la rutina deportiva pronto quedó complementada por otro elemento que acabaría marcando el viaje: el extraordinario buen ambiente que se generó dentro de la expedición. Los principales responsables fueron Ramón Trabal y Patricio Caicedo. Ambos se convirtieron en los grandes animadores del grupo, y siempre había algún compañero que terminaba siendo víctima de alguna ocurrencia improvisada. Aquella alegría permanente ayudó a fortalecer la convivencia durante los largos días de navegación.
El grupo estaba formado por jugadores de perfiles muy distintos. Algunos eran estudiantes universitarios; otros, empleados de banca, comercio o administración. Ricardo Saprissa era ingeniero topógrafo; Mariano Yurrita estudiaba Medicina; Eduardo Cubells cursaba Derecho; otros compaginaban el fútbol con sus profesiones habituales.
Mientras tanto, la fama de Ricardo Zamora comenzaba a hacerse evidente incluso antes de llegar a América. Su reputación había cruzado el Atlántico mucho antes que él. La prensa sudamericana esperaba con interés la llegada del Espanyol, aunque buena parte de los analistas consideraba que la expedición tendría dificultades para competir contra los grandes equipos argentinos y uruguayos, considerados por entonces la máxima referencia del fútbol mundial. Para muchos, el verdadero atractivo de la gira era la presencia del Divino.
Las risas de Trabal y Caicedo, las conversaciones en cubierta y los entrenamientos improvisados formaban parte de la rutina de aquellos días. Pero el viaje estaba a punto de entrar en una nueva dimensión. En apenas unos días, el puerto de Buenos Aires aparecería en el horizonte. América estaba a punto de conocer al RCD Espanyol.
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