Diario por América (1926-2026)
Capítulo 10. El desafío de los Andes
Capítulo 10. El desafío de los Andes
8-9 de agosto de 1926 – Cordillera de los Andes, entre Argentina y Chile
La gira americana del RCD Espanyol había superado océanos, estadios repletos, rivales de primer nivel y largas jornadas de tren. Sin embargo, ningún adversario se parecía al que aguardaba entre Argentina y Chile. El siguiente rival no vestía camiseta: era la cordillera de los Andes, cubierta por la nieve del invierno austral.
Después del partido ante Huracán, la expedición partió el 3 de agosto en tren hacia Mendoza, última gran ciudad argentina antes de afrontar el paso de la cordillera. Allí fueron recibidos por el gobernador Alejandro Orfila, apasionado del fútbol, que incluso intentó organizar un partido frente a un combinado local. Sin embargo, el apretado calendario y la incertidumbre meteorológica aconsejaban reservar fuerzas para el siguiente desafío.
El 8 de agosto, los futbolistas embarcaron en el legendario Ferrocarril Trasandino, una de las grandes obras de ingeniería ferroviaria de comienzos del siglo XX. Desde su inauguración, en 1910, había permitido unir Argentina y Chile atravesando algunos de los paisajes más espectaculares y peligrosos de Sudamérica.
Sin embargo, aquel invierno estaba siendo especialmente duro. Una intensa nevada había sepultado las vías bajo varios metros de nieve y las autoridades ferroviarias comunicaron que era imposible continuar.
Esperar podía significar incumplir los compromisos adquiridos en Chile y poner en riesgo buena parte de los ingresos de la gira. Por ello, Genaro de la Riva optó por una solución arriesgada. Consiguió contratar un centenar de mulas y varios baqueanos, experimentados guías de montaña, para atravesar el tramo más comprometido de la cordillera hasta enlazar con otro tren al otro lado de la montaña. Les esperaban unos veinte kilómetros entre precipicios, nieve y temperaturas extremas.
Con un frío intenso y el reflejo del sol sobre el inmenso manto blanco apenas se podía mantener los ojos abiertos. Los guías fueron tajantes: nadie debía bajarse de la montura bajo ninguna circunstancia. El mister, Paco Bru, fue el primero en incumplir la orden. Años después recordaría la escena con humor: «Teníamos orden terminante: nadie debía apearse de la mula pasara lo que pasara. Pero yo fui el primero: la mía me lanzó despedido por delante y acabé enterrado de cabeza en la nieve. ¡Menuda pirueta!»
Aquella caída no pasó de una anécdota, pero ilustraba perfectamente las condiciones de un viaje que poco tenía que ver con una gira futbolística convencional. Como escribiría años más tarde Juan Segura Palomares, fue «un viaje pintoresco, maravilloso, a través de impresionantes desfiladeros y encrespadas sierras cubiertas de blanco, aunque duro por la incomodidad y el frío espantoso». Y concluía con una frase que definía el espíritu de aquella expedición: «aquellos jóvenes futbolistas no conocían obstáculos».
Tras superar la cordillera, el grupo pudo volver a subir al tren y, la noche del 9 de agosto, llegó finalmente a Valparaíso. Exhaustos, pero con la satisfacción de haber superado el mayor desafío del viaje, los futbolistas fueron recibidos por la colonia española y por las autoridades chilenas.
La gira continuaba. Y si los Andes habían puesto a prueba su resistencia, ahora era el turno de conquistar un nuevo país.
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