Diario por América (1926-2026)
Capítulo 8. El Espanyol desafía a los reyes del fútbol
18 y 19 de julio de 1926 - Montevideo, Uruguay
Si Buenos Aires había supuesto el primer gran examen de la gira, Montevideo representaba el desafío definitivo. Dos años antes, Uruguay se había proclamado campeón olímpico en París y nadie discutía que el fútbol uruguayo era la gran referencia mundial. Nacional y Peñarol dominaban el continente y enfrentarse a ellos era, para cualquier equipo europeo, un reto casi imposible.
La prensa local tampoco escondía sus dudas. Para muchos, los buenos resultados obtenidos por el Espanyol en Argentina no bastaban para medir el verdadero nivel del fútbol español. Como señalaba El País, «por fin hoy se nos da la oportunidad de aquilatar los valores del football de España».
El primer rival sería el Club Nacional de Football, vigente campeón uruguayo y base de la selección olímpica. Seis de sus futbolistas habían conquistado el oro en París apenas dos años antes. Nunca antes, en sus casi veintiséis años de historia, el RCD Espanyol había afrontado un compromiso de semejante magnitud.
Paco Bru alineó a Ricardo Zamora; Urquizu, Quesada; Trabal, Esparza, Caicedo; Vantolrà, Oramas, Mauri, Padrón y Yurrita. Desde el inicio, los blanquiazules sorprendieron por su personalidad. Lejos de encerrarse, dominaron el juego durante muchos minutos y obligaron a Nacional a emplearse a fondo. En el minuto 20 una magnífica combinación entre Trabal, Padrón y Mauri terminó con Mariano Yurrita batiendo a Andrés Mazali. Saltaba la sorpresa en el Parque Central.
Quedaba mucho partido. Nacional reaccionó con orgullo, pero entonces apareció el Divino. Zamora volvió a demostrar por qué era considerado uno de los mejores del mundo, sosteniendo la ventaja con varias intervenciones decisivas. El marcador ya no se movería.
La repercusión fue inmediata. El capitán de Nacional, José Zibecchi, reconoció sin rodeos que «perdimos bien». Incluso la prensa uruguaya, tan escéptica hasta entonces, admitía que el Espanyol había «reivindicado al football español mucho más ampliamente de lo que creíamos». En apenas noventa minutos, el conjunto de Paco Bru había conquistado el respeto de todo un país.
Montevideo convertiría el siguiente partido en una cuestión de orgullo nacional. Si Nacional había caído, Club Atlético Peñarol debía defender el prestigio del fútbol uruguayo. La expectación alcanzó cotas desconocidas y el club blanquiazul decidió incluso donar una copa de plata para el vencedor, contribuyendo a engrandecer todavía más un encuentro que ya se vivía como un auténtico acontecimiento.
Paco Bru apostó por el mismo once. Enfrente, esperaba otro mito: José Piendibene, gran figura aurinegra y leyenda viva del fútbol uruguayo. El partido fue mucho más físico y equilibrado. Durante muchos minutos el Espanyol resistió las acometidas locales, con Zamora multiplicándose una vez más bajo palos.
Sin embargo, a falta de un cuarto de hora para el final llegó la acción decisiva. Piendibene culminó una brillante jugada individual para superar por primera vez al guardameta blanquiazul y dar la victoria a Peñarol. El estallido de alegría fue tan espectacular que muchos cronistas lo recordarían durante décadas como uno de los goles más celebrados de la historia del fútbol uruguayo.
El Espanyol abandonó Montevideo con una victoria y una derrota. Sin embargo, el balance iba mucho más allá de los resultados. Había derrotado al campeón olímpico, había obligado a Peñarol a jugar uno de los partidos más exigentes de la temporada y, sobre todo, había conseguido que la prensa uruguaya reconociera definitivamente el crecimiento del fútbol español.
Cuando la expedición reemprendió el rumbo a Argentina, ya nadie veía al Espanyol como un simple equipo europeo de gira. Se había convertido en uno de los grandes protagonistas futbolísticos del verano de 1926.
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